¿De qué plática un corredor cuando está con Dios?

 


Hay personas que necesitan vivir un evento complicado para poder platicar con Dios, hay otras que por fuerza necesitan estar en un templo para sentirse cerca de él, pero hay otras personas que al igual que tú y yo sólo necesitamos dos cosas para poder platicar con Dios:

Caminos y kilómetros

Sea cual sea la religión o creencia que tengas como corredor, cuando corremos nuestra cercanía con ese Dios se hace más estrecha y por consiguiente nuestras pláticas se hacen más profundas y amenas.

Mientras corremos un sinfín de recuerdos del pasado se van dando, pero también del presente y más aún del futuro, mientras corremos; a Dios le platicamos acerca de nuestro trabajo, de las deudas y hasta de la hipoteca, pero sólo bastan unos cuantos kilómetros para que esa preocupación se quede en el cajón.

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Otras veces le platicamos acerca de nuestros hijos, las preocupaciones que hay con ellos pero sobre todo le platicamos a Dios de esas tardes donde los vemos sonreír.

Esas pláticas que tenemos al correr, también alcanzan a nuestra pareja, a Dios le platicamos acerca de la discusión de la mañana, lo complicado que a veces es entender a esa persona, pero la mente está tan agudizada mientras corremos, que recordamos aquel momento en que ella o él nos esperaron por horas al ladito de la meta, con inmensos besos y abrazos, sin duda esto nos acaba dando no sólo fuerzas para seguir en esa carrera, sino también para seguir al lado de nuestra pareja.

A veces esas pláticas con Dios tienen como tema El Dolor, aquel que se ha apoderado de nuestro cuerpo, justo aquí las pláticas con él llevan una fuerte dosis de perdón, uno que le pedimos con todo el corazón por hacerle todo eso a nuestro cuerpo después de tantos entrenamientos, por llevarlo a los límites, le pedimos, le exigimos ¡Dios sácame de aquí! Al final sabemos que esa plática se convertirá en un ¡Vamos! Por parte de él, por eso siempre he dicho que en los kilómetros más agónicos es cuando estoy más cerquita de Dios.

Esas son las pláticas que tiene un corredor cuando está con Dios, claras, directas, profundas, hilarantes, amables, sin tapujos, porque mientras se corre en la profundidad de nuestra soledad, no hay manera de aparentar frente a Dios.

Al menos yo; últimamente le platico cosas tan absurdas que quizá lo hagan reír, él me entiende, sabe que puso este deporte en mi camino para eso precisamente, para disfrutar y nunca olvidar todo lo malo que he dejado atrás.

Por eso digo… que platicar con Dios mientras se corre, se podría considerar casi un sub deporte.

Lo irónico de todo esto, es que aún sin correr esas pláticas con Dios se siguen dando, medalla en mano le das gracias por conseguirla, le expones tus miedos, frustraciones experimentadas y hasta le platicas de tus triviales tiempos no alcanzados, a él poco le importa eso, en su plática te hace recordar el niño que sostenía en su mano una naranja o a esa anciana apoyándote con la pancarta, ésa es y será… la más clara muestra de que Dios ahí está, listo; para que al final tengas con él algo nuevo para conversar.

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Por eso explicarles a aquellos que no corren lo que sentimos al correr, resulta sumamente complicado, cómo describirles todos esos momentos de comunión que vivimos con Dios, cómo decirles que al correr estamos más cerca de él, cómo explicarles que tras uno, dos, cien o más kilómetros nuestras pláticas se vuelven interminables, llenas de recuerdos, desde recordar aquel coche viejo de papá, el pastel que cocinaba mamá, el oso de peluche que de niño solía abrazar, hasta platicarle todos esos problemas de un día cualquiera.

Obviamente esos problemas no se arreglan por si solos, pero mientras corremos les encontramos solución, una que difícilmente te llegará si estás sentado en el sillón.

¡CORRE!

-Por leerme… mil kilómetros de gracias-

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