Crónica Maratón LALA (Sandino Lelis)


Este es un espacio para que korridores de todos los países de habla hispana nos compartan su manera de sentir o vivir esta locura llamada correr.

Porque por más lejos que nos encontremos, corriendo nos conectamos.


No quiero hacer ruido de más. La Sra. Cursaru descansa del ajetreo cotidiano: trabajo, hijos, nietos, hermanos, sobrinos, médico, entrenamiento propio y además un corredor terco en casa, agota. A pesar de todo, se desveló conmigo el viernes y se desmañanó el sábado para acompañarme. Por eso dejé todo preparado sobre la cama, después de la reunión con mis amigos corredores. Verifico la hora y enciendo la lámpara más alejada de la cama. De paso, asomo a la ventana y tomo una fotografía. “Se acerca de nuevo el amanecer, Laguna” —pienso.

Desde anoche quedó con el pendiente del sartén. Apaga el despertador. En la oscuridad busca a tientas las sandalias y algo para cubrirse.

Busco en la penumbra mi tarjeta de datos, vaselina, el reloj, las calcetas, los tenis, la playera, el short, el cinturón con sobres de gel, un par de billetes y algunas monedas, los lentes, la gorra, el microporo, el teléfono, el chip, los seguros, el número y me pongo al cuello la cadena con la placa metálica que me dio mi hermano mayor y que me ha acompañado en todos mis entrenamientos y carreras.

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Entre el desorden de la ropa lavada y planchada la tarde anterior, le cuesta trabajo localizar el ligero suéter negro y la gorra tejida que pensaba usar. No es que hiciera frío, porque el señor de las noticias dijo que haría bastante calor, sino porque no pensaba requemarse al medio día.

Pongo la cafetera y como un par de barras de granola y chocolate en barra. Pienso. Mi plan de carrera es sencillo: correr y agradecer a cuantas personas sea posible por su apoyo.

Va a la cocina para poner a recalentar el café con la esperanza de que a medida que amanece no tendrá que encender el foco para ver mejor. Con sorpresa por lo fresco de la mañana y después de caminar con cuidado por el pasillo hacia la cocina, no encuentra el sartén. “Pues qué, ¿no me explico?”— refunfuña. “¡Le dije que lo dejara en la mesa para no andar batallando otra vez, como el año pasado!” 

Salgo del hotel, comparto el taxi con otro corredor y anticipo la emoción por el ambiente que encontraré desde la salida misma. Miles de personas en las calles, gritando, aplaudiendo, bailando, ofreciendo agua, dulces, fruta, refresco y ánimo a corredores que no conocen. Pienso una y otra vez en las manos extendidas que transmiten energía al tocarlas. Con ese apoyo lograré mi objetivo.

Vuelve sobre el pasillo hacia la mesa del comedor: nada de sartén y menos del cucharón. Se irrita un poco. “Bueno, no pasa nada. Quizá se le olvidó con tantas cosas que tiene que hacer.” —reflexiona. “Además, de mal modo no sirve; preferible quedarme en la cama.”

“Menos de 3 horas con 40 minutos” había dicho a mis compañeros del foro durante la reunión del día anterior, cuando planteábamos nuestros objetivos de carrera. Sonrío en silencio; será menos.

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Encuentro a mis amigos. Nos saludamos con gusto, con una sonrisa que me parece una mezcla de nervios, emoción y algo de preocupación por el calor pronosticado. Pero no son los 42 kilómetros y fracción del recorrido, con la posibilidad de que sucedan mil imprevistos y tampoco es el temor de quedarse lejos del objetivo.

Es que somos corredores —42.195 kilómetros— somos maratonistas.

Estamos felices por estar compartiendo una aventura que removerá fibras profundas de nuestro ser al recorrer tres municipios de La Laguna.

Mientras toma su café sin azúcar como cada mañana, recuerda que la señora había estado trajinando de un lado a otro antes de irse y que le dijo algo de una silla. Se levanta de prisa y vuelve al cuarto.

Entonamos el himno nacional. Entramos al corral de salida. Entre miles de corredores, pierdo de vista a mis compañeros. Preparo el reloj. Disparo de salida. Rápidamente llegan los primeros gritos de las personas que nos esperan a ambos lados de la calle. ¡Buenos días! ¡Gracias, Laguna! —respondo. Aparece la marca de 3 kilómetros. Es muy rápido, pienso. Disminuyo el ritmo.

Sobre la silla de la ropa, en la esquina, está el sartén; bastante usado, pero reluciente de limpio; ahora el cucharón. Vuelve a la cocina. Listo. Ve el reloj y piensa que aún tiene tiempo de disfrutar el café y esperar a su hija y los nietos. Los disfraces están listos, como el año pasado.

He pasado las marcas de los kilómetros 5, 7, 9, 11 y 13. Me alejo de Durango emocionado por el recibimiento en Gómez Palacio y en la Plaza de Armas de Ciudad Lerdo. Desde el kilómetro cuatro, de uno y otro lado de la calle, miles de personas gritan y aplauden sin parar a nuestro paso. Entusiastas todas, agradecen nuestra presencia y prometen recibirnos de nuevo el año próximo. Muchas de esas personas, de todas edades, tienen una mirada diferente, que no logro descifrar.

Con el sol de frente, en la cara, ya rumbo a Torreón —y un poco más sereno—, creo entenderlo. La mirada de la gente de La Laguna es una mirada de esperanza.

Pasados veinticinco minutos más, oye alboroto al frente de la casa; seguro los vecinos han empezado a poner sus sillas y mesas sobre la calle y algunos han de estar retirando sus ya no tan nuevos vehículos. Oye pasitos apresurados por el corredor y escucha las sonrisas de sus nietos. Tienen 6, 9 y 12 años. Como torbellinos, la abrazan —“Abuela, abuela, ¿dónde están los disfraces?”. Más atrás entra su hija y el yerno con el costal de naranjas a rastras. “Ya es hora —les dice. Apúrense”.

Mientras cruzo el puente que separa Coahuila y Durango, calculo de nuevo el tiempo y el ritmo de carrera; multiplico sucesivamente minutos por segundos y divido entre la cantidad de kilómetros recorridos y los que faltan. Me mantengo ocupado mentalmente. Me pregunto si allá en el Paseo del Campestre, encontraré de nuevo el letrero que me animó el año pasado.

Una vez lavadas y cortadas las naranjas, las ponen en cazuelas junto con los cientos de bolsitas llenas de agua que mandaron preparar desde el jueves. Sacan la mesa de madera ya limpia y la ponen a la orilla de la calle. El yerno saca la mecedora y los nietos ya se corretean por la casa con un griterío de locos que, sin embargo, hace sonreír a todos. “No olviden la cartulina —pide. Está sobre la vitrina.” Estuvieron discutiendo que escribir en ella. Al final lo dejaron por la paz. “Algo chistoso se les ocurrirá —piensa la abuela—, hoy es día de fiesta”.

El recorrido por Independencia, Matamoros y Juárez es ágil; me siento bien —inicié demasiado rápido otra vez, pero ya no puedo hacer nada—. El calor hace incómoda esta experiencia. No es abrumador, pero noto que no sudo tanto a pesar de haber sido muy cuidadoso con la hidratación desde el día anterior y durante todo el recorrido.

“¿Ya están las cosas afuera?” —pregunta. “Sí, todo listo.” —se escucha la respuesta desde el patio. “Vamos —los apresura—, ya están pasando”. Salen precipitados y preparados para estar ahí hasta casi el mediodía. Los pequeños gritan y aplauden, el mayor sostiene la cartulina. La abuela, armada con el sartén y el cucharón hace un alboroto de tin-tin de circo para acompañar.

Escucho un sonido diferente. Por un par de segundos creo reconocer el ruido de un cencerro, golpeado con fuerza para producir un penetrante sonido rítmico. No veo conjunto musical alguno ni grandes altavoces adelante, a la izquierda. A la derecha, frente a una casa humilde, bajo la sombra de la propia casa y un árbol bastante grande, los veo.

Son tres niños disfrazados de payaso, corriendo por el frente de la casa; hay una mujer y un hombre de edad mediana, todos ofreciendo trozos de naranja y bolsas con agua a los corredores. Atrás, sobre la banqueta, resguardada del sol y bien acomodada sobre una amplia mecedora de madera, una señora mayor con suéter negro, vestido café y sandalias golpea sin cesar un enorme cucharón contra un sartén gigantesco. No era un cencerro.

En el kilómetro 29, mi cálculo erróneo dice que no llegaré a la meta a tiempo; no lo entiendo. Me desconcentro. Calculo de nuevo. Mientras me enredo con los números, empiezo a sentir una molestia muy suave en la parte trasera del muslo derecho. Nuevamente la sensación de arena tibia sobre mi piel. Malas noticias. Me olvido del tiempo. En dos kilómetros más pasaré frente al Bosque Venustiano Carranza —de ida— y a la izquierda veré el magnífico arco de la meta. Sé que eso me animará.

Kilómetro 30. Apresuro un poco el paso al ver la manta con la leyenda “Aquí empieza lo bueno”. Sonrío de nuevo. ¿Para qué me preocupo? Estoy feliz por haber saludado a cientos y cientos de personas a lo largo del recorrido. Estoy cerca de completar mi onceavo maratón en la ciudad que también me brindó las condiciones para lograr mi mejor registro. Estoy corriendo.

Al término de la Avenida Central, llego al Paseo del Campestre, zona de amplio recorrido en sentido inverso a las manecillas del reloj y con muchos puestos de abastecimiento de los vecinos. Ofrecen fruta, agua, refresco, dulces aplausos y sonrisas al por mayor.

Me llama la atención el ver muchas estaciones de socorristas de la Cruz Roja; estar arreglando mis cuentas de tiempo y mantener el paso sin hacer movimientos bruscos me distrajo del calor. El sol quema; ya no sigo la línea azul en el piso, busco el abrigo de la escasa sombra de casas y árboles. Hay muchos competidores caminando.

Los números ajustan de nuevo y si esta molestia no aumenta, calculo que podría llegar antes del tiempo previsto. A la izquierda, en una alambrada que protege un terreno baldío está la manta que recuerda hacer lo que un corredor hace: “No pienses, corre”. Es el kilómetro 36 y noto que mi ritmo ha bajado paulatinamente. Me precipité de nuevo a la salida; es difícil resistirse al frenesí de los primeros kilómetros.

Me pregunto qué lección aprenderé hoy al llegar a la meta; en el maratón pasado fue la posición de salida y la carga de carbohidratos.

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El Paseo de La Rosita lleva al kilómetro 39, nuevamente en la Avenida Juárez. Apresuro el paso y recupero algunos segundos. No hay mucha sombra en esta zona, así que la cantidad de gente ha disminuido un poco; sin embargo, los que están hacen igual de ruido que todos juntos. Cruzo las Calles 22 y 21, ya en el kilómetro 40. El amago de calambre aumenta al hacer movimientos bruscos y me veo obligado a adelantar con cuidado a algún corredor. El monumento que marca la meta está ahora a la derecha y a sólo una vuelta al Bosque Venustiano Carranza. Lo señalo con el índice de la mano derecha entre los gritos de la gente. Compruebo que estoy a tiempo. Giro a la derecha en Cuauhtémoc. Después de 41 kilómetros, faltan pocos metros para terminar.

La contracción del músculo me sorprendió a la altura de Avenida Ocampo. Tuve que detenerme y apretar con el puño cerrado. Un generoso corredor me auxilió mientras de pie intentaba estirar el muslo hacia atrás. Localizó el lugar de la molestia y apretó muy fuerte. Me ofreció un abrazo y se alejó. El dolor había cedido, pero esperé unos segundos más y retomé el paso; perdí un poco más de un minuto pero aún estaba por debajo de mi objetivo. Dos vueltas más a la derecha y sí, ahí —otra vez— estaba la meta, con las gradas a reventar y el ambiente de fiesta que hace de este un maratón único.

Aplaudí a las personas en las gradas y saludé a diestra y siniestra con tanto entusiasmo que por poco vuelve el calambre; dejé de brincar y llegué a la meta, tres minutos y cincuenta y nueve segundos más rápido que el año anterior.

A fin de cuentas los niños dibujaron en la cartulina un enorme corazón rojo.

-Esto es lo que se vive en el Maratón Lala-

Sandino Lelis.

Mi e-mail: slelis@outlook.com


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