El corredor no tiene quien lo reciba


Recuerdo perfectamente el día, la hora y la carrera; lunes 20 de abril del 2015, 12:28 PM – maratón de Boston, el clima helado a 4° centígrados, con sensación térmica de 0° una ruta ondulada, si bien ésta estaba colmada de gente y apoyo, también lo fue de viento que venía de frente y sobre todo de lluvia desde el kilómetro 10.

Hasta el 32 mi cuerpo y mente funcionaban a la perfección, parciales entre 4:10 a 4:15 / kilómetro. Justo después de llegar al kilómetro 32, en ese primer paso todo lo bello cambió, fuertes dolores se apoderaron de mis pantorrillas, automáticamente mi cuerpo comenzó a autodestruirse física pero sobre todo mentalmente.

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En el 36 lo único que deseaba era salirme de la carrera, miraba al cielo para encontrar una solución, pero las nubes grises y la lluvia nunca me la dejaron ver, me abracé entonces de una y otra oración; -Por favor Dios, perdóname por hacerle esto a mi cuerpo, permíteme terminar, no me dejes aquí- Sentí que la muerte corría a mi lado.

Aunque había miles de espectadores apoyando aun así me sentí completamente solo y abandonado. Mi madre había quedado en el hospital luchando contra un cáncer en su fase terminal, aun así; de ella obtuve su bendición para asistir a ese gran maratón, pensar que ella estaba sufriendo aún más contra esa enfermedad, me llevó a pensar que el dolor que yo estaba experimentando, era cosa de niños.

Ese último gel de energía me llevó hasta Boylston Street, sitio emblemático que guarda la meta del maratón de Boston, justo ahí, mi mirada literalmente temblaba, ya no era yo, el llanto, las alucinaciones y el dolor me habían rebasado, te juro que quería arrastrarme para llegar, porque correr ya no podía más, en ese momento mi mente y mi cuerpo alcanzaron un poco de lucidez y simplemente me hicieron desear algo:

-Recibir un simple abrazo-

500 metros tan sólo de llegar a la meta de Boston, nunca había sido tan fuerte esa necesidad de recibir un abrazo. Hay ocasiones que necesitamos agua, un plátano, un gel, pero en mi caso, sólo quería un abrazo, quizá era desear el abrazo de mamá, era una necesidad de verla que se levantara de esa cama y me recibiera en la meta.

Pero mis demonios internos se encargaron de gritarme al oído: -¿Quieres un abrazo de mami? Mira nada más, te tengo noticias, no hay nadie quien te reciba en la meta, ni ella, ni tampoco una esposa o un hijo y sabes por qué, porque no han llegado aún a tu vida-

Al final sentí una risa burlona de alguien que no era más que de mi peor yo. Toda esa necesidad de un abrazo y la voz inquisidora sucedieron en tan sólo 5 segundos, segundos que se sintieron como siglos.

meta.

Al final crucé la meta pero al hacerlo me di cuenta que tenía hipotermia, estaba mareado y no tardaría en tocar el suelo, pero al caminar unos cuantos metros, un rayo de luz se dejó ver frente a mí, era una señora de aproximadamente 65 años, rubia, ojos azules como el mar, era voluntaria, su labor era repartir cobertores térmicos, estiró su mano y puso uno frente de mí, con mis manos congeladas lo tomé, traté de abrir la bolsa en donde venía, no pude, con humildad le dije; I can´t ella rápidamente se quitó sus guantes, abrió la bolsa, sacó el cobertor e inmediatamente lo puso sobre mi cuerpo, lo hizo como si fuera su bebé e inmediatamente después…

Me abrazó

Fue algo tan breve pero a la vez tan profundo que me hizo llorar aun más, sólo recuerdo que ella me dijo; –Come in, you´re the best– justo después de esto comprendí que puedes correr el mejor maratón del mundo, puedes ser el primero en llegar, en romper el record mundial, pero si todo eso no tienes con quien compartirlo, poco o nada habrás logrado.

Es hermoso experimentar esa fuerza mental ya casi en el final, de saber que esos seres amados ahí están esperándote en la meta, saber que tu hijo te mira aún más poderoso que al superhéroe Iron Man o que tu esposo está seguro que se casó con la Mujer Maravilla, es una bendición que sin duda te lleva con más fuerza hasta el final.

Porque quizá correr no se trata de cuántos kilómetros se lleguen a acumular o cuantas medallas te llegues a colgar, correr es recordar cuantas veces hemos sentido la muerte pero sobre todo la vida, ésa que cabe en un abrazo, en un beso, en una sonrisa o en una palabra de orgullo.

Tener a alguien que te reciba en la meta no sólo se trata de tener físicamente a una persona, también se trata de tener justo ahí a todas esas personas que se han adelantado en el camino, a sentirlas en cada paso, tener a alguien que te espere en la meta también se trata de tener al más grande ser que apoya a pesar de todo, ése que está en cada uno de tus entrenamientos, en cada frustración, en cada dolor, ése que está desde la salida, en cada check point, ése del cual te hablo…

No es más que Dios

Ése que a pesar de todo siempre nos acompañará y nos recibirá en cada una de nuestras metas, por eso estoy seguro que correr es una bendición hecha por él.

-Por leerme… mil kilómetros de gracias-

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