El Espíritu del Maratón de San Francisco


Hola, soy Luis Pablo Cóbar Benard de Guatemala, comenzaré por escribir estas líneas diciendo que El espíritu del Maratón despertó en mí desde muy pequeño, cuando veía las fotos del papá de un amigo entrando a la meta de la Maratón de New York, de manera que, desde los 12 años ya participaba en carreras de 10 kilómetros, corrí por primera vez la Media Maratón Internacional de Cobán a los 16. Con el paso de los años fui adquiriendo experiencia y conocimientos, pero siempre empíricos. A los 35 años, consideré la idea de correr mi primer maratón, pues había adquirido cierta madurez como corredor y persona, junto con otras razones que me parecían correctas.

Leí artículos y experiencias de otras personas que han corrido maratones y entendí que no solo implica un esfuerzo físico extraordinario, sino mucha fortaleza mental, pero sobre todo espiritual. Sentía que era el momento de cumplir mi sueño de niño.

Escogimos con mi esposa la vibrante ciudad de San Francisco como destino, aprovechando nuestro segundo aniversario. Muchos me dijeron que era muy difícil San Francisco como primera maratón, y vaya si lo fue. Incluso Tanya decidió correr su primera media maratón, así los dos fuimos debutantes.

Durante los ocho meses del plan, me fortalecí mucho en los tres aspectos, sin embargo, dos semanas antes de la gran carrera, recaí de una vieja lesión de rodilla, eso me afectó mucho, sentí mucha frustración, dudas, creí que tendría que declinar. A pesar de ello, continué con el objetivo, que siempre fue lograr terminar con vida la carrera (no en ambulancia), tratando de disfrutar cada kilómetro lo más posible, enfocarme en la experiencia como tal.

Llegamos a San Francisco el 19 de julio por la noche, e hicimos cosas que no había que hacer. Se supone que no debe caminarse mucho durante los días previos, o consumir alcohól y comer saludablemente… cosas que hice, aunque no a cabalidad. Es imposible portarse así de bien en una ciudad como SF. Soy un corredor popular, tengo responsabilidades y actividades, familia, amigos, es decir, no soy un atleta profesional.

Sin embargo, para los que sentimos pasión por este deporte, tratar de sentirnos como atletas olímpicos, imitarlos, nos alimenta y sostiene, es lo que nos ilusiona, nos hace ponernos los tenis y convertir la pista del estadio nacional, la peatonal de la Avenida Reforma o cualquier calle de la ciudad, como telón de fondo para alimentar nuestro sueño de corredor.

Llegó el día y nos dirigimos al punto de salida, estábamos muy nerviosos pero felices, era de madrugada y los corredores iban llegando, ubicándose en sus respectivas olas de salida, así después de haber realizado nuestros estiramientos y acordado el punto de reunión, nos despedimos con un gran abrazo. El amanecer se presentó con sus tonos rojos y naranjas, y así el Ferry Building nos dio la bienvenida a la Maratón de San Francisco.

Comenzó la carrera y el dolor se presentó desde el primer kilómetro, aún así sentía una enorme gratitud por la sola oportunidad de estar allí, admirando el área de la bahía, la belleza de las calles, la cuidad aún silenciosa, escuchando únicamente el rebotar de los pasos de los corredores, las conversaciones, la música, las risas, toda alegría.

La temperatura fue perfecta, un poco de frío y de neblina le daban un aire de misterio a la ruta, hasta llegar al puente Golden Gate, sin duda uno de los highlights de la carrera, correrlo de ida y vuelta, no quería que se terminara, las calles de los barrios residenciales con sus casas victorianas, y el gran Golden Gate Park, con sus bosques, lagunas, cascadas y búfalos incluso, donde se cumple la primera mitad de la carrera.

Al salir del Golden Gate Park llevaba 30km en las piernas y el dolor de rodilla era considerable, comenzó la verdadera lucha mental y el espíritu del maratón me sostuvo, pensaba en mi esposa, en mi padre, en mis hermanos, mi mamá, amigos y todos los que me alentaron. Ahí comenzó la verdadera maratón.

Siempre pensé que al terminar mi primer maratón lloraría, no lo hice. Llevaba ya 37 km, había pasado Hight Ashbury, la casa de Jimmy Hendrix, uno de los barrios más pintorescos de la ciudad, cuando el dolor me derrotó, no pude más. Un oficial de policía que dirigía el transito me preguntó por qué caminaba y le respondí que me dolía. Me dijo en tono fuerte que el dolor no existía, que no sentía nada, que era grande y que me admiraba, que tenía que seguir corriendo. Fue mi momento, me inyectó fuerza, me inyectó espíritu, adrenalina, los ojos se me llenaron de agua, lo que me hizo sacudir la cabeza y continuar corriendo. Los ultimos 5km son muy solitarios, poquísima gente animando, corredores adoloridos, mucho sol, pero sabes que la victoria está cerca. Llegar al Estadio de los Gigantes, divisar de nuevo el Bay Bridge y escuchar los aplausos y vítores de lejos, me ayudó a llegar a la meta, triunfante, satisfecho, sintiéndome grande y pequeño a la vez, nunca lo olvidaré.

¡Han sido las 4:54:00 más gratificantes de mi vida de corredor!

La ruta sin duda fue difícil, las cuestas son un reto, pero también se disfruta enormemente y más si es junto a los seres queridos. Ahora es momento de descansar, reflexionar, disfrutar el logro, pero también de sanar el cuerpo y la mente, sin duda el siguiente reto llegará pronto.

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KM

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