Hacerle el Amor al Maratón


Como no querer a ese viejo de 42 uno al que con cariño yo le llamo; -El muy cabrón mi amigo Don Maratón- ese tipo al que después de 11 maratones le sigo teniendo respeto y debo confesar que mucho miedo, aún así muchos quieren tenerlo también como amigo y hasta como amante, pero la última palabra la tiene él.

Cuando se toma la decisión de conocerlo, quizá no sea nuestro tiempo, pero aun así una loca voz nos dice: ¡Vamos, vamos, éste es tu año! Muchas de las veces esa voz proviene hasta de la presión social, de demostrarle algo a alguien más, quizá ésa no es la mejor razón para llegar a él, pero qué diablos importa, la decisión echada está.

-Y desde ese momento ya nada es igual-

Cuando comienza el Día Cero rumbo a ese interminable entrenamiento, atrás quedarán los trotes matutinos por un lindo parque, éste tendrá que transformase en un sinuoso bosque, una montaña o cualquier lugar que de preferencia este mirando hacia el cielo para que tu corazón comience a latir como nunca antes.

Pero no todo es tan malo (perdón por mi sarcasmo) las sabanas cada vez más sentirán tu ausencia, llegará el día en que estén celosas y te obligarán a quedarte con ellas, lo que nunca entenderán es que los tiempos cambiaron, que las citas con Don Maratón comienzan de madrugada.

Ya no habrá mucho margen para no entrenar, después de uno, dos o más días sin hacerlo, una voz de lo más profundo de tu mente y corazón te cuestionará: -¿Cuándo volverás?- Miles de pretextos le dirás: la junta en el trabajo, el recital de los niños en el colegio, la cena con mis papás, el periodo menstrual, nada de esto a él le importará y por eso te obligará a regresar.

Quien te diga que en cada entrenamiento te irás divirtiendo y será como pasear por Disneyland -¡Te estará mintiendo!- en muchos de los casos habrá dolor, en la rodilla, en la planta del pie, incluso en tu diccionario personal habrá nuevos términos que jamás habías escuchado: periostitis, fascitis y decenas de etcéteras que no sólo serán físicos sino también mentales y hasta espirituales. Pareciera pues que para llegar al encuentro de Don Maratón hay que pasar por un profundo dolor y una tremenda soledad, dentro de ésta… recuerdos transitarán por tu mente en cada entrenamiento, buenos, malos, crueles, de cualquier tipo, finalmente son tuyos y parte de tu pasado, presente y futuro.

Pero no te sientas mal, no te quiero asustar, lo peor vendrá después, cuando tu cuerpo pasadas varias semanas dejen ver los estragos de una batalla que técnicamente no ha comenzado: -¡Qué flaco estás! ¿Estás enferma?- Serán algunas de las cosas que escucharás cada vez que vayas a la cafetera de la oficina, pero sabes qué, tendrán la razón, habrás perdido algunos kilos, producto de la exigencia y también tu aspecto se verá demacrado.

Pero ánimo, el día que estés esperando a escuchar el balazo inicial, inexplicablemente llorarás como un niño, pero no como aquel llanto cuando ese niño cruel te golpeó en el salón de clases, sino aquel llanto que te hará recordar momentos que quizá ya habías olvidado.

Y cuando tus piernas estén sobre de él, tu corazón comenzará a palpitar de una forma inusual, los corredores que cruzarán a tu lado no necesitarán hablarte para desearte lo mejor, con una mirada bastará para tener una conexión, una que te dirá:

-¡Mucho éxito hermano!-

Tu mente kilómetro a kilómetro irá guardando momentos, calles y personas, fotografías tan pero tan breves que quedarán guardadas por siempre, cuando el dolor queme, cuando el frio apriete, cuando la cuesta te golpee, ahí entenderás el valor de una sonrisa, el de un aplauso, cuando todo parezca no tener final, es cuando entenderás el valor de un pequeño gajo de naranja y si éste te lo ofrece la mano de un niño, -¡Prepárate!-  Porque vivir esto al lado de Don Maratón, es algo que por siempre guardarás en tu corazón.

Habrá un momento (mejor dicho varios) donde Don Maratón te preguntará si volverás a estar con él, por favor justo ahí no te atrevas a decirle; -¡NUNCA MÁS!- porque de cierta manera será tu peor yo el que le prometerá algo que quizá no podrás cumplir.

Pero si piensas que todo lo vivirás durante esos 42 kilómetros, te tengo noticias, lo mejor vendrá al final en los últimos 195 metros, estos serán los más delirantes, tu mente te dirá para ya, pero una voz interna te dirá falta poco, sueños, emociones, sensaciones pasarán por tu mente, una que se encontrará carente de lucidez, tus piernas se sentirán como hilos, pero inexplicablemente seguirás de pie, con el paso lento, mirando a los lados, llorando, buscando el abrazo que quizá algún día te negaron, rogándole a Dios…

¡No me abandones por favor!

Y ahí estarás, diez, nueve, cinco, cuatro metros por llegar, -¡A la mierda el tiempo!- qué más da, perdón por no cumplir las expectativas de los demás, es lo que te dirás, lo único importante será cruzar; y cuando eso suceda, tu cuerpo perderá, sí… perderá miedos y frustraciones, pero irónicamente después de tanto dolor vendrá la paz, al cielo mirarás y si justo allá tienes ya a un ser querido, el orgullo será aún más grande para él y claro que para ti también, y cuando al final de ese corral sientas el abrazo de ese ser amado, el de tu madre, el de tu padre, el de tu esposa, tu novio o tu hijo, es cuando podrás decir que todo por lo que pasaste valió la pena, porque metafóricamente tuviste que morir para volver a nacer y cuando ese sentimiento se vive a todo pulmón, es cuando yo digo que es como…

-HACERLE EL AMOR AL MARATÓN

Y es que es eso, un gran amor, uno que se ratifica estando con él, es perdonarlo e incluso hasta no tomarse tan apecho sus defectos cuando no nos da lo que le pedimos,  es verlo con absoluto respeto, dándole su debido tiempo, sin obsesión, es así que lograrás decir una vez más:

Esta historia continuará…

-Por leerme… mil kilómetros de gracias-


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