La corredora que se casó con el más cabrón


Una mañana… el destino los cruzó, la corredora lo vio y simplemente quedó impactada, ella recuerda: –Su delicado aroma penetró hasta mi interior y su mirada… ésa simplemente desnudó cada uno de mis sentidos-

-Trascurrieron algunos días y todo siguió con normalidad, aunque ella sin olvidar aquel encuentro fugaz-

Un día la corredora se reunió con sus amigas, les contó de aquel momento y Karla una de sus amigas interrumpió la conversación: -Conozco a alguien muy similar al que describes- la corredora pensó que quizá se trataba de una casualidad, pero Karla le advirtió: -Me han dicho que es un patán, que muchas han estado con él y las ha hecho sufrir y llorar-

Ella sufre

Al siguiente día la corredora cogió el teléfono y marcó a Karla: -Necesito conocerlo, saber si es él- -¿Estás segura?- -¡Completamente, no lo puedo sacar de mi mente!-

Todo estaba planeado, las dos se encontraban en el parque donde solían  entrenar, el mismo lugar donde la corredora lo vio por primera vez, después de una hora él esta vez no se hizo presente, la corredora se encontraba desilusionada, pero de repente el destino confabuló… él apareció a lo lejos con cierto grado de arrogancia, la corredora lo señaló: -Mira es él- su amiga la miró y nerviosa le advirtió: -Es el mismo del que te hablé por favor ten cuidado-

En ese momento no le importó, se acercaron, Karla los presentó, estrecharon sus manos y simplemente sus corazones se flecharon, sin saberlo era el inicio de una relación que semana tras semana dolería.

mujer que llora

Los días transcurrieron y ambos se fueron conociendo, él tenía 42 y ella tan sólo 21, la diferencia parecía una locura difícil de sobrellevar.

Ella poco a poco le empezó a abrir su corazón, lo trataba con cariño y sobre todo con respeto, pese a todo él era extraño, reservado como si se protegiera atrás de una pared, incluso sus amigas empezaban a ver que ella se estaba alejando, pero ella había silenciado no sólo sus oídos sino su corazón.

El castillo de miel que la corredora vivió al principio, se fue volviendo poco a poco campo de espinas, algunas mañanas cuando él la citaba a entrenar, ella simplemente se quedaba esperando sobre su cama, con dolor con nostalgia con un profundo hueco en su corazón.

aquella corredora

La situación se fue volviendo más caótica, una ocasión él la hizo detener y simplemente le susurró al oído: -Nunca podrás terminarme- la corredora se llenó de miedo, incluso llegó a pensar que ella era la que estaba haciendo algo mal.

La corredora empezó a perder peso, su cuerpo ya mostraba lo que estaba viviendo al lado de él, pero en el fondo estaba contenta, decidida a seguir a que todo lo que estaba pasando era así… normal.

Su familia estaba preocupada, le decían: -¿Qué ganas al estar con él?- pero la corredora se aferraba más.

En la intimidad él hacía un pacto con ella, volvía a desnudar todos sus sentidos como aquella primera vez, sutilmente él acariciaba su pensamiento, la envolvía entre cálidos abrazos y al final con un tierno beso la llenaba de infinita paz.

mujer sensual

Pese a todo la “relación” una mañana de domingo se formalizó, juntos hicieron una perfecta comunión, ella le prometió su amor y total dedicación, él simplemente acarició su mejilla, -¡Patán ve cómo la trata!- los presentes rumoraban, nadie lo podía creer como es que La corredora que se casó con el más cabrón, ahora corría desde esa mañana con él y por él con total felicidad, él a pesar de todo la amaba con todo su corazón, desde esa mañana que decidieron unir sus vidas él a diario la alentó a no ser ordinaria y a conocer hasta donde podía llegar, la edad de él nunca cambió y desde hace muchos años se detuvo en esos sus fabulosos 42.

Perdón pero en esta historia me faltó decir que él… él se llama MARATÓN tiene 42 kilómetros y en efecto es todo un ¡cabrón! y por lo menos una vez al año este cabrón y la corredora renuevan sus votos y en total libertad se vuelven a prometer que uno al otro jamás, pero jamás… se dejarán de amar.

Porque hay que ser claros, para un cabrón, debe haber una corredora, una aún más cabrona –¿O no? –

-Por leerme… mil kilómetros de gracias-

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