La muerte también corre (María y sus Tenis Rotos, Capítulo XIX)


María y sus tenis rotos, novela de running con toques de ficción pero que nace de la realidad, después de saberse enferma su vida cambia y ahora tiene que correr para alcanzar la vida de los demás, pero irónicamente la suya se le va.


Final Capítulo XVIII – Tras la llamada telefónica que sostuvo María con Doña Sara la esposa de Don Esteban en donde le informó el trágico asalto que había sufrido su esposo, María tenía que revertir las cosas y lo iba a hacer una vez más corriendo, pero el Dr. Delgadillo al percatarse de su inminente escape del hospital, ordenó que le administraran un sedante para detenerla.
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Capítulo XVIII: Absurda obsesión


Después de unas cuantas horas el efecto del sedante pasó, María lentamente abrió sus ojos, aún estaba somnolienta, en ese instante dentro de la habitación del hospital se encontraba Aurora y el Dr. Delgadillo. María rápidamente se llenó de lucidez y de una enorme preocupación.

-¿Alguien sabe algo de Don Esteban?- Preguntó María.

Aurora tomó esa pregunta como suya, horas antes había recibido una llamada telefónica por parte de Doña Sara.

-María por favor, en este momento, en este lugar, después de tu intervención quirúrgica, es complicado pedirte que seas fuerte, sé que eres una guerrera, desde niña me lo has demostrado-

María la interrumpió y enérgicamente le dijo; -¡Por favor Aurora qué sucede! me asustas ¿Le sucedió algo a Don Esteban?-

Aurora la conocía perfectamente y sabía que María era una mujer que había que hablarle claro y de frente, así que sin más Aurora le confirmó…

-Intentaron robar el edificio, Don Esteban sorprendió a los asaltantes, lo comenzaron a golpear, él se defendió, pero uno de los tipos le disparó-

Don Esteban murió… lo siento María.

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Inmediatamente los ojos de María se llenaron de lágrimas, de tristeza, pero sobre todo de un profundo coraje y una inmensa impotencia, en ese momento sus pensamientos se convirtieron en lapidas sobre su cabeza, ella sabía que de haber corrido tal y como se lo había hecho saber la misteriosa mujer de encanto blanco, la situación de Don Esteban no hubiera acabado de esa forma.

El Dr. Delgadillo se acercó a la cama de María, intentó consolarla, le recordó lo importante que era estar tranquila, pero él no sabía que el dolor de María no era solamente por haber perdido a una persona que llegó a ser como un padre para ella, sino por sentirse culpable de su muerte.

María necesitaba asistir al funeral de Don Esteban, así que solicitó la anuencia del Dr. Delgadillo, pero él tenía que ser cauteloso para concederle el permiso, primero había que cerciorase de que su salud estuviera en condiciones aceptables para salir momentáneamente del hospital.

Sin duda las cosas comenzarían a ser diferentes a razón de la muerte de Don Esteban, ahora le quedaba más que claro a ella, que tenía que pasar por todo y por todos para poder correr cuando así se lo pidiera la misteriosa mujer. Era una situación extraña, por un lado tenía ese poder, pero por otro lado; era una gran responsabilidad.

Al siguiente día; el Dr. Delgadillo consideró que María podía salir del hospital, pero se aseguraría de que cumpliera con varias condiciones y cuidados. Así que con la compañía de dos enfermeras, María fue trasladada al funeral en una ambulancia.

Al llegar ahí, la sorpresa de muchas personas no se hizo esperar, pero no fue una adversa, sino una de orgullo y admiración por verla ahí, aún y a pesar de su situación, sin duda la guerrera corredora que muchos de los presentes veían cada madrugada salir de su departamento para conquistar las calles, una vez más dejaba en claro que su espíritu era aún más fuerte que cualquier enfermedad.

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Después de casi una hora de estar en el funeral, la solemnidad que surcaba el aire de ese lugar, se vio interrumpida, al menos en el corazón de María. A la lejanía ella observó una mujer, parecía la misma de siempre, María comenzó a llenarse de terror, la mujer sigilosamente se dirigió a ella, pero María sabía que tenía que guardar la calma.

La misteriosa mujer llegó al punto de estar justo al lado de María, rodeó la silla donde se encontraba sentada, inclinó su cuerpo y al oído sigilosamente le dijo:

-María tengo algo para ti-

María y sus tenis rotos 2

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Capítulo XX – Correr justo a las tres.





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