Mi primer Boston (Salvador Martínez)


Este es un espacio para que korridores de todos los países de habla hispana nos compartan su manera de sentir o vivir esta locura llamada correr.

Porque por más lejos que nos encontremos, corriendo nos conectamos.


Estaba desayunando con Bere, mi amiga corredora, compañera de trabajo, quien me comentó que había leído que con el tiempo con el que concluí a mis treinta y cuatro años de edad el maratón de Chicago en el 2014 (tres horas, con seis minutos y diez segundos), podría calificar para el maratón de Boston.

Para los que no lo sepan, el maratón de Boston, es el maratón más antiguo de la historia moderna, además, es el pionero de permitir la participación de las mujeres y personas con discapacidad en este tipo de pruebas de resistencia. Además de ello, el 80% de los treinta mil competidores, cumplen con un tiempo mínimo necesario para participar en esta competencia, por lo que el nivel de exigencia es mayúsculo, el 20% restante son personas que son inscritas por sociedades de beneficencia y su contribución monetaria es muy considerable. Uno de los records más importantes que tiene el maratón de Boston es el de tener un corredor de nombre John A. Kelley quien de las 61 veces que participó, terminó 58. No puedo negarlo, pensar en la posibilidad de participar, me emocionó, pues como podrán comprender, es el más importante maratón de nuestros tiempos.

Total, que algo incrédulo y horas mas tarde, me coloqué frente a la computadora para verificar la información y visité el sitio web oficial, cuyas señas particulares son los colores azul y amarillo brillantes y en especial, el símbolo del unicornio, criatura mítica elegida en 1887 para representar a la Asociación Atlética de Boston y el emblema del maratón; porque el unicornio es un objetivo para alcanzar, pero que nunca podrá ser capturado. Y en esta búsqueda, los atletas han de sobrepasar sus límites logrando así, conseguir su máximo desempeño en esta prestigiada justa deportiva.

Entre toda la información que encontré en la página, me topé con un enlace sobre los estándares mínimos para la clasificación en el 2016, y tal y como me lo dijo ella, justo podía calificar, pues para mi categoría (el segundo grupo de 36 a 40 años), se necesitan al menos tres horas con diez minutos. ¡Apenas!

A partir de ese momento, lo confieso, mi mente, mi energía, mis entrenamientos y todo mi ser, se concentraron en lograr ese objetivo, en ir tras esa mítica criatura: el unicornio del Maratón de Boston.

Así, desde octubre del 2014 al 20 de septiembre del 2015, continué entrenando y entrenando: carreras en caminadora (que nunca fue mi actividad favorita), otras competencias, y carreras en el Bosque del Ocotal, el cual siempre me cautivó por sus angostas veredas, por sus charcos, por su olor a tierra húmeda, por aquélla frescura de mañana que sólo se aprecia entre árboles y otros corredores.

Sí, es cierto. Para entrenar para un maratón de la importancia del de Boston, siempre he encontrado útil el participar en otras competencias, como lo hice durante esos 11 meses con sus medios maratones y el Maratón Internacional de la Ciudad de México, en el que participé en agosto del 2015 y donde por cierto, tuve un pésimo desempeño comparado con el que tuve en Chicago un año antes.

Cuando corres a este nivel, las metas que te propones son sumamente importantes, y por ello, mi amigo (quien es médico endocrinólogo), el Dr. José Antonio “TriPepe” Cetina, me platicó de un señor llamado Phil Southerland, que fundó el Team Novo Nordisk. Y es una historia sumamente interesante que les quiero comunicar aquí:  resulta que Phil fue diagnosticado con diabetes mellitus tipo 1 desde los siete meses de edad. El médico, cuando habló con su madre, le dijo “será difícil que su niño viva más de 25 años”; sin embargo, Phil ya tiene más de treinta y ha dedicado su vida a educar sobre la diabetes y cómo pueden los diabéticos salir adelante, a pesar de su condición.

Entonces, en el 2012, Phil fundó Team Novo Nordisk, un equipo de atletas de alto rendimiento que viven con diabetes, y que actualmente consta de casi cien triatletas, corredores y ciclistas que al igual que él, tienen la misión de educar e inspirar a personas que viven con diabetes, demostrándoles a ellos y al mundo, que la vida es posible con un adecuado control y manteniéndonos con objetivos firmes en la mira.

Esta historia, apenas la conocí, cobró gran relevancia en mi vida. ¿Porqué?  Pues resulta que desde los 13 años, yo vivo con diabetes tipo 1 (sí, de esos que se inyectan insulina y se pinchan los dedos para revisar sus niveles de glucosa varias veces al día), y bien logró mi amigo y médico de cabecera TriPepe, que se convirtiera en una fuente de inspiración y por qué no, en otra meta: tratar de formar parte de ese equipo, de ese Team Novo Nordisk.

El papeleo y aplicaciones fueron largas. ¿Desde cuándo vives con diabetes? ¿Qué sentiste cuando te diagnosticaron? ¿A qué te dedicas? ¿Con quién vives? ¿Desde cuándo haces ejercicio? ¿Cuál ha sido tu mayor logro deportivo? Y muchas preguntas más que tuve que responder a conciencia para que al día siguiente de mandar toda la información, me contestaran rápidamente: “Hola Salvador, gracias por tu aplicación, actualmente nuestro equipo de atletas elite se encuentra ocupado en su totalidad, has logrado cumplir con los tiempos requeridos para pertenecer al equipo, por lo que te invitamos a seguir trabajando duro; te avisaremos si a inicios del año entrante, tenemos un lugar disponible para ti”.

Esa respuesta me dejó un sabor agridulce (cuidado con mis niveles de glucosa) y no quedé nada conforme, pero eso no iba a dejar que me detuviera, así que continué corriendo y entrenando y después de cada nueva carrera en la que participé, les envié una actualización no pedida de mi desempeño, que sólo obtenía como respuesta un “gracias por la información, sigue así”.

Entonces llegó la fecha esperada: el 21 de septiembre de 2015, el día de las inscripciones para los intermedios (si alguien tiene menor tiempo que lo mínimo exigido por los estándares de calificación para el maratón, tienen derecho a inscribirse con una semana de anticipación), por lo que conforme pasan los días, los que teníamos mayor tiempo, como consecuencia teníamos menores posibilidades de obtener un lugar para participar en esta cruenta lucha por lograr un numero de competidor. Total, llené mi aplicación y una vez finalizada dicha proeza, el correo de confirmación de aplicación recibida decía, “gracias por tu aplicación, en estas semanas vamos a corroborar que el tiempo de calificación que nos has enviado es real y en breve nos comunicaremos contigo”.

¿Que qué? ¿Eso es todo? Ni para qué les cuento que por varios días estuve sumamente nervioso y con gran expectativa, como niño en vísperas de que lleguen los reyes magos, esperando y esperando… y tras nueve largos días, finalmente la respuesta llegó: “Felicidades Salvador, este correo es para informarte que tu participación para el centésimo vigésimo Maratón de Boston que será celebrado el próximo 18 de abril de 2016, está garantizada.” Obviamente y sin poder contenerlos, llegaron los brincos de alegría por lograr participar en esta competencia, es el sueño de decenas de miles de corredores de todo el planeta.

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Una vez con la afirmativa para mi participación en el Maratón de Boston, decidí comenzar a lanzar mis piedras de nuevo. Así que mandé otro correo para Team Novo Nordisk, uno más para la Federación Mexicana de Diabetes, otro para un primo en la industria del ciclismo y otras llamadas  para amistades corredoras con la intención de pedirles orientación sobre posibles patrocinadores.

Cabe destacar que tal búsqueda aún más compleja de lo ya vivido, y conforme pasaba el tiempo, llegué a pensar que no lo lograría, hasta que noviembre de 2015, recibí un correo de Amber Medley, la reclutadora de atletas del Team Novo Nordisk, quién me escribió para coordinar una videoconferencia conmigo, por lo que mis esperanzas y mi emoción tomaron nuevo vuelo.

En la entrevista virtual platicamos un poco de mi historia, de cómo vivo con diabetes, de cuáles son mis pasatiempos, de a qué me dedico y otras varias preguntas más, hasta que de pronto, Amber me preguntó: “¿Te interesaría formar parte del Equipo Elite de Corredores del Team Novo Nordisk?”. Mi respuesta afirmativa fue inmediata, sin embargo, ella me respondió que no podría en esos momentos aceptar mi respuesta, “te pido por favor, que analices la propuesta y me respondas en cuanto te hayas decidido”. Vaya, le contesté, está bien, me tomaré un tiempo para meditar al respecto, pero ya lo tenía muy claro: ¡quiero ser parte de éste gran equipo!

El honor y orgullo de pertenecer a Team Novo Nordisk, implica representarlos en las competencias deportivas a las que me inscriba, además de tener la muy importante responsabilidad de compartir mi testimonio de vida a la comunidad con y sin diabetes, para educar e inspirar a personas con diabetes, para que sepan que llevando un estilo de vida saludable y luchando por sus objetivos, filosofía y modo de vida, se puede seguir adelante. Vaya, ¡yo lo llevo haciendo desde hace 23 años aproximadamente!

Terminó el 2015 e inició el 2016 con un cambio importante para mi vida y a la de mi familia: me tocó cambiar de trabajo y de domicilio. Así que nos mudamos de la Ciudad de México a Metepec, y con estos cambios, tuve también que encontrar nuevos sitios para entrenar y para mi conveniencia, mi adhesión a un grupo de corredores en el Parque Bicentenario. Todo sucede para bien, se suele decir con razón, pues con este nuevo grupo adquirí habilidades para correr con mayor fuerza, velocidad y técnica, pues resulta que este equipo se encuentra lleno de gente amistosa, sonriente, y sobretodo, excelentes compañeros, siempre pendientes y apoyando a cada miembro del equipo, guiados todos nosotros por nuestro líder, el coach Rubén.

Sí, mis entrenamientos cambiaron de las transitadas colinas de Santa Fe y la aburrida banda sin fin en el gimnasio, a una mayor altitud y a los fríos matutinos a las 6:30 en el parque de Metepec, sin contar con que ahora debo luchar contra mis ganas de quedarme resguardado en la calidez de la cama, o contra las mañanas de domingo sin mi familia, en el parque, corriendo “fondos” para generar resistencia para mejorar mi desempeño en carreras de larga distancia, sin dejar de mencionar el hambre insaciable, después de los entrenamientos en esta fase de preparación previa al maratón.

El tiempo pasó volando de octubre de 2014 hasta el primer trimestre del 2016, tanto, qué sin darnos cuenta, ya estábamos abordando el avión rumbo a Nueva York el sábado 16 de abril. ¿Saben? En el aeropuerto y en los aviones, es fácil reconocer a los maratonistas: todos llevamos puestos nuestros tenis por si se nos llega a perder el equipaje.

Después de llegar a Nueva York, manejamos hasta Boston. La emoción desbordada se respiraba en toda la ciudad. Por todos lados había banderines con leyendas dirigidas a los corredores:  “Welcome Runners”, “Run Bold”, “Boston Strong”, “Pride” y muchas más que se alcanzaban a leer por donde pasábamos. Los establecimientos comerciales, hoteles y restaurantes, todos unidos apoyando a los corredores, sin olvidar los lamentables ataques terroristas del 2013. Como corredor, esto te emociona y te compromete ejerciendo inconscientemente, una presión adicional que te obliga a buscar rendir buenas cuentas en el tan esperado lunes del maratón.

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El domingo 17 de abril, emocionados acudimos a lo que es la “Disneylandia de los corredores”; es decir, la “John Hancock Boston Marathon Expo”, donde las empresas deportivas más importantes preparan sus mejores y más deslumbrantes productos. Ahí, a nuestro alcance, todas las novedades relacionadas con la disciplina, las más reconocidas personalidades, grupos de corredores, instituciones de salud, fundaciones con causas y los casi 30 mil corredores nos reunimos en este sitio para recoger nuestro número y tomar el recinto como punto de encuentro con viejas amistades, o bien, en mi caso, con los miembros de mi equipo, el Team Novo Nordisk:

Nos reunimos Lauren Adams corredora que iba por una marca menor a las tres horas con treinta minutos en su primer maratón de Boston, Stephen England, ultra maratonista experimentado que competiría en su quinto maratón de Boston, quien no satisfecho con este reto, comentó que su plan para dicha competencia, era salir muy temprano de Boston rumbo a la línea de salida en Hopkinton y correr de regreso a Boston para así recorrer dos veces los 42,195 metros que implica el maratón (casi ochenta y cinco kilómetros) y Casey Shwenk, quien nada más y nada menos, quería correr el maratón por debajo de las dos horas con cuarenta minutos. Es cierto, después de escuchar su reto, me quedé helado porque mi meta era mucho mayor: correr por debajo de las tres horas con veinte minutos. Sin duda, esto se convirtió en una presión adicional para quien les escribe, sin embargo, el encuentro con mis compañeros de equipo fue muy amigable, compartimos experiencias, bromeamos y como bien reza el objetivo del Team (“educar, inspirar y empoderar”), tras mi encuentro con ellos, quedé inspirado para dar lo mejor el día de la carrera.

Después de la expo y como siempre he considerado importante conocer nuevos lugares, visitamos la Universidad de Harvard y caminamos por el legendario, histórico y hermoso campus universitario.  Tras la relajada caminata, cenamos pasta (es necesario cenar carbohidratos) y regresamos al hotel para descansar la última noche antes del por años esperado, gran día.  Antes de dormir, preparé mi glucómetro, mi insulina, mis fuentes de carbohidratos para consumir durante la carrera, coloqué mi número en el uniforme, y con algo de nervios, me fui a dormir.

A las cinco y veinte de la mañana sonó el despertador. Lavé mi cara. Me puse el uniforme. Me calcé los tenis con los que llevo entrenando por meses. Revisé mis niveles de glucosa. Le di un beso a mi esposa Adri y a mi hija Isabella, y me dirigí al desayunador del hotel, el cual se encontraba lleno de personas qué, al igual que yo, se sirvieron y tomaron una fruta o algún pan, antes de salir a la estación de metro que nos llevará a Boston Common; sitio de encuentro donde se localizan los autobuses escolares amarillos que nos conducirán al pueblo llamado Hopkinton, el cual es el punto de partida del maratón.

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Ya en el lugar, todos los atletas se concentraron en el Athletes Village, el cual es un campo deportivo escolar, donde hay carpas y varios módulos donde regalan de comer bagels, manzanas y plátanos.  De beber, agua y café. También hay puestos de atención médica donde regalan vaselina para evitar las rozaduras y bloqueador solar.  Cabe mencionar que el punto más concurrido de la “Athletes Village”, son los sanitarios portátiles, los cuales desde las primeras horas de la mañana y hasta que suena el disparo que anuncia la salida, tienen filas interminables de corredores nerviosos…

Pasamos alrededor de tres horas compartiendo este festival de panes, café, vaselina y corredores nerviosos, donde uno no puede evitar toparse con personajes con muy diversos atuendos. Desde los que van con sus licras y camisetas deportivas de última tecnología, hasta los que van vestidos con su pijama, con la bata de su abuela o los pants utilizados en los años de la prepa, sin dejar de mencionar a los más atrevidos y excéntricos, ataviados únicamente, con diminutos shorts o trajes de baño tipo speedo, desafiando valientemente, la conciencia propia y las bajas temperaturas que nos ofrece la segunda semana de abril en estas latitudes.

Al llegar las 09:40 horas, dejé de hacer cola para hacer pipí en Athletes Village y me dirigí al sitio de salida (donde por fortuna había unos baños menos concurridos); oleada número uno, corral siete es el área que me fue designada. Todos los que ahí nos encontrábamos, teníamos tiempos de maratón que oscilaban entre las tres horas con cinco minutos y las tres horas con catorce minutos. A diferencia de otros maratones que había corrido, en el de Boston, en todos los corrales, los participantes tienen un ritmo de carrera similar.

Entonces, después escuchar el himno de los Estados Unidos y de apreciar el paso de dos helicópteros tipo Black Hawk de la Guardia Nacional de los Estados Unidos que sobrevuelan a escasos 40 metros del suelo, se dejó el pistolazo de salida seguido de inmediato por la canción de Rocky “Eye of The Tiger”. En estampida, 30 mil corredores, comenzamos esta gran aventura, la aventura número centésima vigésima del Maratón con más historia en el planeta; el Maratón de Boston.

Hopkinton, Ashland, Framingham, Natik, Wellesley, Newton, Brookline, Boston, son los ocho pueblos / ciudades que uno debe cruzar para llegar a la meta tras recorrer los 42,195 metros en el tercer lunes del mes de abril, día en el cual se conmemora el día de los Patriotas, día que celebra el inicio de la Revolución de los Estados Unidos que se remonta al año de 1775 y sirve como un recordatorio para los ciudadanos, sobre el inicio de la búsqueda de la libertad nacional.

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Mucho de los maratones, es historia interesante. Por ejemplo: antes, el maratón comenzaba en Ashland, no en Hopkinton, porque hasta el año de 1896, la distancia oficial del maratón era de 39.9 kms., distancia que se supone corrió el soldado Filípides desde Maratón hasta Atenas, para anunciar antes de morir por agotamiento la victoria de los griegos en contra del ejército persa. Esta distancia se mantuvo hasta que en 1908, durante los juegos olímpicos, la distancia del maratón cambió porque el entonces Rey Eduardo VII de Inglaterra y su esposa la Reina Alejandra dicen los que saben, deseaban que el maratón iniciara en el castillo de Windsor, con la intención de que la Familia Real pudiera presenciar el arranque de esta carrera, capricho que para ser cumplido, orilló al comité olímpico a incrementar la distancia de los 39.9 kilómetros, a los 42 kilómetros (posteriormente se agregaron los 192 metros, con la finalidad de que la salida fuera exactamente frente al balcón de los monarcas en turno).

Es curioso cómo ésta esta historia de caprichos monárquicos, modificara el punto de salida del maratón de Boston, para que se mudara de Ashland a Hopkinton, lo cual ha generado hoy día, gran rivalidad entre ambos pueblos, quienes incluso combaten para ver quién es más amigable con los corredores.

La altimetría es un punto a considerarse en este maratón, debido a que los primeros kilómetros pudieran parecer sencillos, ya que las bajadas de los primeros pueblos en conjunto con la horda de veloces y emocionados corredores, pueden engañar a los novatos en el trayecto al sentir un bienestar por llevar un ritmo de carrera mejor al programado durante los entrenamientos… hasta llegar al kilómetro veintiséis, donde después de pasar por el famoso “Túnel de los Gritos” a la altura de la Universidad de Wellesley (recinto estudiantil exclusivo para chicas que nos gritan sin parar a los que pasamos por ahí y que ofrecen uno que otro motivador beso)

Poco antes de llegar a Newton, el antepenúltimo pueblo del trayecto, inician las reales dificultades, pues además de llevar tres cuartas partes del maratón ya conquistado, las subidas comienzan a manifestarse, implacables, pues después de bajar y bajar por 30 kilómetros, las piernas, particularmente los cuádriceps, comienzan a cobrar la factura. Tan franco es el cambio en el recorrido, que comienzas a observar como los ritmos inicialmente espectaculares, bajan a velocidades menos vertiginosas, algunos incluso, bajan su ritmo a un trote suave, otros, se acalambran y logran continuar muy despacio, y los menos afortunados, ven en este punto. truncada la cacería de su unicornio por terribles dolores de piernas, del alma y del orgullo, pues después de haber trabajado incontables horas de entrenamiento, las subidas, las malditas subidas, se tornan severas y listas para devorar a cualquiera que no conserve la condición necesaria ni el temple justo.

Después de tanto escuchar historias sobre estas temidas pendientes ascendentes, mi respeto e incertidumbre sobre mi desempeño ante las mismas era mayúsculo, hasta que después del kilómetro 33 decidí preguntar a un compañero de ascenso si esta era la famosa “Colina Rompe Corazones”. Aquél me respondió con un tono indiferente: “yo que sé”. ¿Me ofendí? No. Sólo cuando estás ahí comprendes lo que sucede en la vida misma: hay gente que está lidiando una batalla consigo mismo y hay que dejarlos luchar sin mayores interrupciones.

Afortunadamente, a escasos metros, me encontré con un grupo de espectadores con un letrero que tenía una de las más dulces frases que he visto en mi vida: “a partir de este punto, ya todo es de bajada”. Sí, dulce. Me sentí liberado por haber superado esas temerosas pendientes que me acercaban a mi unicornio, pero aún faltaban más de ocho kilómetros para la meta, por lo que me concentré en seguir adelante en lugar de celebrar lo ya pasado.

Hablando de números, se dice que este maratón es el evento deportivo con más espectadores de Nueva Inglaterra, logrando reclutar a más de 500 mil personas quienes salen de sus casas o se conglomeran en sitios públicos para regalar agua, dulces, fruta, gritar porras, sonar matracas o campanas, cantar, reunirse para preparar una carne asada y tomar una cerveza acompañado de sus amigos y familias, entre otras actividades que se le ocurre a la gente para celebrar este día festivo y de emoción deportiva.

En lo personal, los espectadores son mi parte favorita de cualquier maratón, esa emoción que se contagia, esos letreros que te impulsan, esos gritos incansables, todo lo que te ofrecen que, en conjunto, te llenan de energía física y mental, y que después de cierta distancia, es la energía que más necesita el alma para poder concluir el reto. Eso, y el compañerismo entre camaradas de carrera que, a pesar de no conocer su nombre, su edad, su origen, ocupación, u otros detalles personales, compartimos emociones y dolores, sueños y temores; cosas que sin necesidad de decirnos nada, te hacen sentir parte de una mágica comunidad. Sí, este espíritu, es el alimento del alma, es algo que nadie te puede decir cómo se siente, pero que, al momento de vivirlo, te vuelve adicto, te compromete a seguir adelante, te obliga a corresponder y te hace una mejor persona.

A lo largo del trayecto, además de gente disfrazada, veloces corceles de dos piernas, espectadores que te emocionan, también tuve oportunidad de recibir incontables vasos con agua, miles de sonrisas y palabras de aliento del gran grupo de voluntarios que se encargan de que este maratón marche sobre ruedas y que las necesidades de cada uno de nosotros, esté cubierta para que no nos haga falta nada.

Tuve oportunidad de aprender de las personas que corrieron a mi lado, en especial, de personas con alguna discapacidad (cabe mencionar que en 1975 el Maratón de Boston, fue el primer maratón en incluir a participantes en silla de ruedas). Maravillado me dejaron los corredores ciegos o débiles visuales, que gracias al apoyo de su guía que gritaba gentilmente, pero con firmeza y sin cesar ¡Blind Runner! (corredor ciego), se abrían paso entre los compañeros de camino que llevábamos un paso más lento al de ellos. Me resultó fascinante apreciar la coordinación perfecta de sus pasos, la comunicación sensitiva entre ellos, la manera en la cual el guía vigilaba a su compañero de camino, su actitud corporal, el movimiento de sus manos, la manera en cómo les daban agua y cómo sin ver se llevaban el recipiente a la boca como si fuese la maniobra más sencilla (cualquiera sin discapacidad que haya corrido un maratón coincidirá conmigo en lo complicado que es beber mientras corres).

También, me encantó que pude apreciar a miembros del famoso y legendario “Team Hoyt”, equipo de padres e hijos (con parálisis cerebral) quienes desde 1977 han participado en múltiples eventos deportivos, y que actualmente encabezan una fundación encaminada a mejorar la calidad de vida de personas con discapacidad (para este maratón lograron recaudar nada más y nada menos, que 175 mil dólares). Toparte con este equipo y conocer su historia, resulta inspirador y sin duda una motivación más para luchar por tus objetivos. También me encontré en el camino con algunas víctimas de los ataques terroristas del maratón de Boston del 2013, ellas y ellos con sus prótesis o con sus sillas de ruedas deportivas ejemplo de estoicismo, de orgullo, de resiliencia y valor nos demostraron a todos que nada es imposible. Qué a pesar de la adversidad, la pasión por la vida el motivo por el cual, vale el sacrificio, el esfuerzo y la dedicación, de cada día.

Este año, el maratón también celebró una victoria para las mujeres, pues Roberta Gibb en 1966, corrió sin número oficial esta carrera, demostrando cuan equivocado estaba el mundo que creía que el mal llamado “sexo débil” no podría con el esfuerzo (hubo hasta académicos que aseguraban que de correr tanto, las mujeres perderían el útero a medio camino). Sí, conmemoramos con ellas este logro de género en su 50 aniversario.

Todo esto es lo que uno vive, lo que uno piensa, lo que uno recuerda, lo que uno siente, la historia que podemos contar en unas cuantas cuartillas. Estos son los alientos y alegrías que uno comparte a lo largo de esta increíble distancia, las amistades que se forjan con perfectos desconocidos. Y este, fue mi sentir del maratón, o al menos lo que se puede describir, pues al llegar al final, a la calle Boylston, y escuchar la algarabía de la gente celebrando la llegada de los sudorosos corredores, es indescriptible.

Sólo puedo contarles que todas las mañanas de entrenamiento, todo el cansancio somnoliento de las noches tras un día de entrenamiento y de trabajo, todas las sesiones de estiramientos con mi hija Isabella, toda la emoción de esperar los correos del Team Novo Nordisk, toda la incertidumbre, todos los platillos de pasta, de fruta, de proteínas consumidos a lo largo de cuatro meses o más de entrenamientos preparados por Adri, mi cariñosa y cuidadosa compañera de la vida, todas las sonrisas y dolores musculares generados tras los entrenamientos con mi equipo, todas las noches de insomnio por pensar en los gastos y planes que para esta experiencia debían contemplarse, todas las tiras reactivas, las unidades de insulina, mis controles y descontroles de glucosa y muchas otras cosas más que suceden durante la preparación para este día, se ven resumidas en una inefable alegría al cruzar la amarilla línea de llegada, seguido de la incomparable sensación del peso sobre el cuello, de aquel  hermoso y detallado unicornio contenido en la medalla que pende de un terso listón bicolor azul y amarillo.

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Una vez terminada la carrera, con mi medalla al cuello, mis piernas adoloridas y mi marcha de robot, me dirigí al punto de encuentro con Adri e Isabella, mis queridos motores acompañantes en esta aventura.  Nos encontramos y abrazamos, nos tomamos fotos y compartimos mis primeras y cansadas impresiones. También compartimos algo de comer. Adri, muy atinadamente sugirió ir al hotel a tomar un baño (supongo apestaba a rayos) y a descansar un rato antes de ir a la fiesta post maratón en el famoso estadio de base ball llamado Fenway Park, casa de los Medias Rojas de Boston (es el estadio de base ball activo más antiguo de los Estados Unidos, inaugurado en 1912), donde el comité organizador del maratón organiza, para cerrar con broche de oro, una gran fiesta para los corredores sus unicornios y sus familias. Para reunirnos todos y celebrar el júbilo atlético, ese día de ensueño, ese día que, hasta donde tengo memoria, ha sido uno de los días más esperados, pensados, preparados y disfrutados por quien estas líneas les escribe y que con gusto se despide.

Hasta la siguiente aventura.

Hasta siempre Boston, que amenazo con volver.

Junio 2016,

Su amigo Salvador Martínez Caire de México.

Contáctame a través de mi mail: salvador.martinez@teamnovonordisk.com

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KM

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